Como ser mujer… y no morir en el intento.


No conocía el dato exacto, pero es escalofriante. Según la última encuesta del INE sobre discapacidad, actualizada el pasado 2008:

más de 2,30 millones de mujeres afirman tener una discapacidad, frente a 1,55 millones de hombres. Las tasas de discapacidad de las mujeres son más elevadas que las de los hombres en edades superiores a 45 años.

Impresionante.

Si ya de por sí la mujer siempre está en desventaja frente al hombre, por los rasantes del género y la perversa educación tradicional que desplaza a la mujer a la tarea de madre y sirvienta, que una mujer –además- tenga una discapacidad, el agravante de exclusión se eleva a índices preocupantes. Una vez más, la mujer resta. No suma. Si a una mujer le cuesta el doble demostrar su valía, su capacidad, su desempeño en tareas que siempre se han asignado al hombre, al añadir en el currículo vital el estigma de la discapacidad, ésta se convierte en un ser casi relegado a la conmiseración y a la duda de si, tanta dificultad, podrá revelarse frente a la adversidad de los tiburones empresariales. Una vez más, estas dudas se responden cuando trabajas con personas, con mujeres con discapacidad.

Y para mi es un honor decir que convivo, trabajo y tengo como amigas a parte de ese 2,3 millón. He tenido la suerte de tener como jefas (y en presente, porque mi actual jefa también es mujer), a féminas con tanto carisma, inteligencia, don de gentes, sabiduría, empatía y poder de seducción (en ambos sentidos de la palabra), que trabajar con ellas es y ha sido una auténtica lección de humanidad, de gestión empresarial, de retroalimentación académica, de valentía y de generosidad. Y no solo son excelentes profesionales, sino que además, son madres, y esposas, y compañeras, y amigas. Pero mi círculo de amistades también se nutre de decenas de mujeres con discapacidad en las que la minusvalía, ese grado porcentual que las instituciones se empeñan en tasar en cada uno de nosotros, pasa a un tercer, cuarto plano de interés, porque para mi no es importante. Para mi lo que importa es que me ofrezcan, cada día, y gratis, lecciones de vida. Mar, Noelia, Elena, Marta, Carina, Montse, (espero que no se molesten por citarlas aquí) y muchas, muchas más, me han enseñado que el deseo está por encima de las barreras, de los límites que muchas veces nos ponemos. Porque el límite se debe concebir como una prueba a superar, a saltar, como un paso más que, como eternos bebes que aprendemos hasta que morimos, se puede y se debe dar para alcanzar la deseada realización como persona, como amigo, como pareja, como hijos, como padres, como compañeros…

Ellas son piezas de este engranaje que los mal llamado hombres (aquellos que son tan cobardes que tienen miedo de la poderosa aura femenina y la aplastan demostrando su machismo heredado y su misoginia), quieren anular por completo. Aquellos varones que miran el culo o las tetas antes que la inteligencia o un CV brillante; aquellos que imponen su poder como jefes máximos ante la cultura de que la libertad de la mujer comienza cuando se le amplia la cocina; de esos animales primitivos que aún piensan que ellas tienen que estar a sus órdenes y que al contrario es el inicio de la hecatombe empresarial. Y yo me pregunto (y si alguien tiene respuesta que me escriba): ¿Ha quebrado alguna empresa presidida, dirigida o creada por una mujer? En Google no sale nada, así que debe ser que no.

Celebramos un 8 de marzo más. El Día Internacional de las Mujeres se llena de actos, de buenas intenciones, de palabras, manifiestos… pero no de obras. Un ejemplo: me invitaron a un acto público para conmemorar dicho día de las Mujeres con todos los super políticos de turno. El sarao se organizó en un espacio sin ascensor, un segundo piso de un fastuoso recinto institucional. En el acto no se solicitaron intérpretes de lengua de signos. Los discursos no se subtitularon. El evento obvió por completo a esas dos millones trescientas mil mujeres que son parte de esta sociedad. Si las mujeres no hace nada por ellas, si las mujeres no se acuerdan unas de otras… no me extraña que el tiburón acabe devorando a la dorada.

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