Experiencia

Leemos en los periódicos de hoy que el nuevo presidente de Madagascar (esa isla que ahora todos conocemos mejor tras los dibujos de Dreamworks) es un joven de 36 años de profesión D.J.

Por fin pude ver ayer La Noche Temática que el sábado pasado programaron en TVE y que bajo el título de “El Precio de la Fama” nos deleitaron con tres magníficos documentales sobre el mundo de los famosos. En el primero, veíamos como dos conocidos entertainments de la televisión rumana habían pasado de ser presentadores de televisión a políticos con importantes cargos.

Ayer por la tarde, un grupo de amigos, mientras tomábamos un estupendo té acompañado de unos maravillosos y adictivos dulces traídos de Alemania, repasábamos este mundo que nos está tocando vivir, y salió a colación la pésima profesionalidad de nuestros dirigentes.

La clase política española, si bien está formada por un amplio espectro de currículums y veleidades, tiene una talla (y no me refiero a la altura o a otra cosa –que desconozco y me da grima solo de pensarla-) mediocre tirando a baja. Ya no es tanto la formación que nuestros políticos tengan (que es importante, desde luego), o la Universidad en la que han cursado sus estudios (sin entrar en detalles de si han ido a Standford, Harvard, Cambridge o Navarra) sino de la experiencia profesional en la que estos políticos han curtido sus espaldas previo paso de dar el salto al circo mediático y de poder que genera y facilita la política.

Quizás tengamos que empezar a decir (y no descubro nada nuevo) que en nuestro país (como en otros muy cercanos) no se diseña o ejecuta política, más bien se despotrica en un patio de vecinos que coloca en los cielos a cualquier comunidad de propietarios de nuestras ciudades, y que –por tanto- la única capacidad que hay que tener para semejante tarea se puede vestir con una bata de boatiné y unos rulos. La otra gran diferencia es que, en esas maravillosas casas vecinales, en las que en las escaleras y la portería se concentran la sabiduría del universo más cercano, sobrevive el espíritu de la dignidad, algo que nuestros políticos desconocen, no practican y obvian en cuanto algo o alguien tienta sus poltronas.

Me parece lamentable que ni el presidente del gobierno, ni el líder de la oposición, sepan nada más que el idioma patrio. Que se sientan perdidos, humillados, apartados, obviados en esas reuniones internacionales tan importantes a las que van y no tengan ni motivo ni forma de comunicarse si no es con un traductor de por medio, lo que quita la fluidez y espontaneidad del momento. No les estamos pidiendo que sean bilingües (o si, miren sino a Puyol o a Mas, que son trilingües) sino que sepan defenderse y comunicarse en algo más que el idioma universal de los signos no establecidos. Ellos son el reflejo de una país que adolece de perder el miedo y lanzarse a los idiomas sin la red, sin ese orgullo patrio del “que vengan a mí, que soy español” y que tanto daño sigue infligiendo a las próximas generaciones. Pero ya no es solo que levanten esa barrera tan problemática para la comunicación, sino que sepan defender con talla política y social los argumentos y las necesidades de una sociedad y que para ello, sepan del mundo, más allá de sus lides y sus miramientos, con argumentos y valías que estén fuera de los discursos que sus asesores (tan cortos como ellos y tan ignorantes como sus jefes) les redactan sin pudor y que siguen basándose en aquello de: “y yo… ¡mas y mejor!”.

Y lo acabamos de comprobar en la campaña política de Cataluña: la razón está por encima del insulto, y la coherencia, la sabiduría y la lógica se han impuesto a la ordinariez, el grito y la aberración. ¿Para cuándo un CIU a nivel nacional? ¡¡Ya quisiera el PP ser el miniyo de Convergencia!!

Tenemos lo que hemos parido. Aplaudimos lo que nos sirven en bandejas de Todo a 100. Nos decantamos por uno, porque son enemigos de los otros, votamos siglas, ni siquiera partidos, mucho menos personas… ¿Para cuándo listas abiertas? Nos dejamos embaucar por el grito, el insulto, las artimañas propias de la 13 Rue del Percebe y jugamos con el arma de la ignorancia para transmitir a la población que somos como la gran mayoría: del pueblo, por y para el pueblo.

Y a pesar de todo votamos confiados en el miedo: si se van estos vienen los otros. Si vienen los otros, entonces serán los míos y seguro que lo tendré más fácil para humillar a los otros. Llevamos años sin oír un TODOS, como en Alemania, para sacar adelante un país que se hunde, culpa de TODOS. Porque si remamos juntos, en lugar de tirar cada uno de la barca hacia sentidos contrarios, nuestra imagen, nuestra economía, nuestra cultura, y por ende, nuestra política y políticos, habría demostrado que su talla es, de verdad, de marfil y no de contrachapado.

Leo una cita de Louis Dumur que dice: “La política es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos”. ¿Alguna vez nos cansaremos de que nos sigan tomando el pelo gente que no vale… ni para barrerlo?

Fotografía: http://elproyectomatriz.wordpress.com/

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