La Brisca

Los días de Nochebuena y de Reyes, la brisca era el acontecimiento oficial de las Navidades en la casa de mis padres. Esos dos días, la casa rebosaba de familia: mis hermanos, mis cuñadas, mis sobrinos, mi tío Suso, mi abuela, mis tíos Daniel y Gloria y mis primos nos hacíamos hueco en el salón para celebrar las fiestas. Mi madre y yo nos encargábamos de la logística. Tras la cena (comida el día de Reyes), tocaba la partida: brisca hasta que el cuerpo aguantara (para el lector más Millenial y joven del blog, aquí podéis leer las bases del juego). Ellos contra ellas. Y casi siempre ganaban ellas. Eso sí, mi abuela siempre hacía trampas (tenía un mal perder terrible), y ahí venía el cabreo de sus hijas (mi madre y mi tía Gloria), y el cachondeo y las risas infinitas por parte del resto. ¡Y no fallaba, siempre la pillaban en algún renuncio! Fueron Navidades muy especiales. Pero como en todas las familias, en todas las casas, unos se van, y otros vienen.

La brisca post de @JgAmago en #ReinventarseBlog con imagen de @unsplash
Imagen de Nick Fewings en Unsplash

Desde hace algunos años, el protagonismo de las Navidades se centró en los nietos, mis sobrinos: Laura, Pablo y Adam. Las navidades pasadas, la estrella de la noche fue la primera biznieta de la familia, mi sobrina-nieta Olivia. Este año, como en otras muchas casas, sólo se ocuparán tres sillas del salón de la casa de mi madre. El coronavirus nos hace ser responsables. Los ejes familiares de Madrid, Barcelona y Alicante tendrán que esperar a volver a juntarse.

«La familia es como la música, algunas notas altas, otras bajas, pero siempre es una hermosa canción»

Anónimo.

Cambiaremos la brisca por la videoconferencia. Pero no es lo mismo.

Escombros

Vamos a ser incapaces de encontrar los cimientos bajo tanto escombro. Su basura nos llega a la barbilla. Nos tapa la pituitaria con aromas fabricados de sus propias heces. Algunos no los saben reconocer, y se creen que es Channel (con «doble n»). Los que quieren -por irresponsabilidad-, huyen. Los que nunca se escapan, siguen resistiendo. Los que podemos huir, pero por responsabilidad sabemos que debemos quedarnos, aguantamos. ¡Esto NO hay quien lo resista!

Escombros post de @JgAmago en #ReInventarseBlog con imagenes de Unsplash
Imagen de Fabian Struwe en Unsplash

Pero sobreviviremos. Y la pregunta siempre en el aire: ¿Resurgirá el Ave Fenix? ¿Será capaz de emerger de entre los escombros, las ruinas, el desastre, la crisis o el tsunami que está por venir? En la mayoría de los ciudadanos está el deseo, el sueño, el anhelo, la esperanza de que SI. Ya vendrán «los otros» a pedirnos esfuerzos.

Espero que, cuando llegue ese momento, tod@s tengamos el recuerdo imborrable que, cuando fue necesario, muy pocos se acordaron de poner por delante la cordura, antes que su sillón.

Cartas para la abuela

Durante los largos días del confinamiento, cada uno ha intentado encontrar un momento para hacer algo diferente, salir de la monotonía, y no volverse loco. Unos ejercicio en casa, otros cocinar, muchos dedicar tiempo a leer, estudiar… ¡Otros a escribir! Y, para aquell@s lectores que aún no le conozcais, quiero presentaros a mi amigo Gonzalo, que cada día de este tortuoso confinamiento (y aún continúa escribiendo), nos ha compartido desde su página de Facebook y su perfil de Instagram unas maravillosas misivas a su abuela, que vive en el pueblo de Cariño, en Galicia, para tranquilizarla por todo lo que estábamos pasando en Madrid (y resto de España, por supuesto), durante la pandemia del COVID-19. ¡¡Hasta la Voz de Galicia se hizo eco de esta correspondencia virtual en este artículo publicado el 6 de abril!!

Cartas para la abuela post de @JgAmago en #ReInventarseBlog
Imagen de Joanna Kosinska en Unsplash

Gonzalo cada día sin faltar a su cita con la abuela, ha ido contando, en un diario de situaciones reales, anécdotas, vivencias y reflexiones, cómo lo estaba pasando desde su casa en el Barrio de Las Letras de Madrid. Su salón/dormitorio, su balcón, han sido las atalayas de esta tierna correspondencia llena de anécdotas y detalles, que han ido quitando hierro a la preocupación de su abuela que, desde la distancia, y quizás sin comprender muy bien lo que estabamos pasando, temía por su nieto. Madrid era un lugar infectado. Tod@s teníamos miedo. Desde la distancia, la preocupación siempre suma enteros.

Con ternura, humor, rabia, cinismo, mala leche -a veces-, cariño, comprensión, desesperanza, tristeza, moriña… Gon nos ha hecho reir, llorar, sonreír, ilusionar, abrazar, quedarnos en casa, cabrearnos, solidarizarnos, soñar… Y desear con pasión visitar su pueblo, Cariño.

Gracias Gon. Y recuerda que este miércoles, invito yo 😉

Etiquetas

Hasta el boom de las redes sociales, las etiquetas las hemos identificado con el precio o la identidad de un producto. Desde hace unos años, no podemos vivir sin ellas. Todo lleva una etiqueta, un hashtag, una tag… ¡Llámalo como quieras! Es una manera más para pertenecer, situarse, colocarse, participar, incluirse en esta sociedad hiperconectada. No hay movimiento, actividad, manifestación, protesta, denuncia, agradecimiento, saludo, despedida, conversación o insulto…, sin su etiqueta.

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Imagen de Helena Hertz en Unsplash

A esta era «post-covid» la estamos etiquetando como «la nueva normalidad». Que de por sí es un error. Algo normal no puede ser nuevo. Lo «normal» es aquello que se toma como norma o regla social, es decir, aquello que es regular y ordinario para todos. Lo «nuevo» es algo recién hecho o fabricado, algo que se percibe o se experimenta por primera vez. No es normal que vayamos por la calle con mascarilla. Eso es nuevo. Ni lo asumiremos como «normalidad» por que, cuando se encuentre la vacuna, volveremos a lo realmente «normal» en sociedades occidentales: ir sin mascarilla.

Y que conste que me gusta el nombre. Es muy marketiniano. Y desde luego, suena mucho mejor «Decreto Ley de la Nueva Normalidad» que no quizás el nombre que debería llevar «Decreto Ley del Distancimiento Social«, que eso si que es nuevo para una sociedad como la latina, pero en ningún caso, nada normal.

Desaprender

¿Qué es más fácil, aprender o desaprender? Ambas requieren unos procesos, unas técnicas, unos tiempos, unas disciplinas, unos intereses y ciertas prácticas. Para desaprender, primero debemos aprender. Para desaprender, debemos de cambiar, modificar, alterar de nuestro disco duro lo aprendido y convertirlo en un aprendizaje de algo nuevo. No se trata de borrar u olvidar, porque entonces volveríamos a aprender algo de lo que no tenemos «backup», y que nos llevaría a tener que desaprenderlo de nuevo.

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Imagen de Hans-Peter Gauster vía Unsplash

Estamos hablando de «repensarse». Es un proceso de cambio, de reinventarse, de descubrimiento del aprender. Y ahora estamos en un momento idóneo para desaprender.

Los seres humanos somos complejos por que somos seres de hábitos. Bueno, no todos. Algunos son muy simples, solo son capaces de pensar que su aprendizaje es el único, y desconocen las ventajas del desaprender. Cambiar un hábito es como volver a nacer. Y para ello primero debemos ser conscientes de qué tenemos que modificar y motivarse al proceso de cambio.

Ya lo dijo Alvin Toffler:

«Los analfabetos del siglo 21 no serán aquellos que no sepan leer ni escribir sino aquellos que no sepan desaprender»

Alvin Toffler «La tercera ola», 1979.