El guardían de los secretos

Se lo prometí a Oscar este verano, en Copenhague, cenando con nuestras respectivas parejas en el cento de la ciudad, mientras que el frío verano del norte de Europa nos despertaba del mágico letargo que el verano español nos acurruca durante los meses de julio y agosto. Íbamos forrados de los pies a la cabeza, añorando por unos días los shorts y las chanclas. Pero no importaba. Como siempre que tenemos la oportunidad de coincidir con Oscar y Josep, fue una cena maravillosa, repleta de anécdotas, experiencias, sugerencias, recomendaciones, arte, literatura… Hasta rompimos nuestro celibato “carnívoro” y nos zampamos una espectacular hamburguesa. La noche lo merecía.

Al volver al hotel comprobé que uno de los tesoros que me acompañó durante aquella semana por Escandinavia aún seguía presente. En mi mochila seguía escondido el ejemplar de El guardián de los secretos que Oscar nos había dedicado en la Fería del Libro de Madrid. – ¡Oscar, te prometo que en el tren de Malmö a Estocolmo comienzo el libro! Y así fue. No sólo lo comencé, si no que casi lo terminé. En esas cinco horas de trayecto me perdí los paisajes, los pueblos en los que el tren paraba, las gentes que circulaban por los andenes, varias partidas al “Solitario” y hasta la barra libre de café o té. El tiempo se detuvo, las páginas volaban y las letras desfilaban a la velocidad de la luz por mi retina. Emoción, pasión, rabia, lágrimas… Un torbellino de sensaciones con aromas de recuerdo, con esencias de presente, con armonías de un pasado, con deseos para el futuro. Esperanza.

El libro lo acabé en el vuelo de vuelta de Estocolmo a Barcelona. La historia de Enara, Miguel y Ximo es la historia de muchos otros amores, de cientos de descubrimientos, de miles de relaciones que parten de un misterio: el inexcrutable deseo de encontrar la felicidad. En un paisaje, en una canción, en un cuadro, en la mar, en la oscuridad, en la luz, en una persona, en una mascota, en la soledad. También es la historia de la historia, un tiempo remoto en el que amar fue pecado, y un presente en el que querer y desear ya no lo es tanto… ¿O sí? Pero pase lo que pase, el amor y la amistad (nunca enfrentadas, siempre parelelos), aguantan envites que ni el enfurecido mar, ni la dictadura, ni el tiempo pueden quebrantar.

No importa lo que me haya perdido. No le guardo rencor a “El guardían de los secretos” por haberme abstraído de mi realidad durante tantas horas. “Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro”, dijo Emily Dickinson.

“Hay grandes libros en el mundo, y grandes mundos en los libros”, dijo alguien más sabio que yo. En el libro de Oscar Hernández hay tantos mundos, que su lectura te invita a vivirlos, a experimentarlos y a compartirlos. Sin secretos. Debemos ser los guardianes de nuestros propios sueños que, quizás algunos años más tarde, se puedan cumplir vividos en la piel de otros.

PD: Oscar, mil disculpas por haber tardado tanto en escribir esta reseña.

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