Luca

Huele a verano. Y parece ser que, este estío, vamos a poder olerlo mejor (con sus buenos y sus malos aromas), ya que no estaremos obligados a llevar mascarilla mientras que estemos al aire libre. ¡No sé como acabará esto, pero creo que son buenas -pero tempranas-, noticias!

Ayer vimos “Luca” la nueva MARAVILLOSA película de animación de Pixar para Disney, una exquisita joya que rezuma verano, sal, agua, sol, calor, pantalones cortos, sangría, pescadito frito y mar. Una estupenda película que habla de diversidad, de diferencia, de inclusión, de amistad, de minorías, de todo eso que no soportan los de verde (imagino que les prohibirán a sus hijos verla, porque desde el momento “0” la película respira diferencia). Bueno, quizás les dejarán disfrutarla con la perorata final de que “¡veis hij@s, son unos monstruos!”. Y se quedarán tan panchos.

Películas como esta (o como su anterior joyita “Soul”), deberían de ser asignatura obligatoria en los centros de educación primaria (y secundaria), para poner en común con los alumnos y alumnas la diversidad de la sociedad. Porque ¿Quién de nosotros es lo suficientemente “normal” como para decir qué se considera “normal”?

YOLO

¿Sabes qué es Y.O.L.O? Es un acrónimo de You Only Live Once, es decir “Sólo vives una vez” que implica que uno debe disfrutar la vida, aunque implique tomar riesgos. La frase y el acrónimo son utilizados en la cultura de los jóvenes y en la música, y se popularizaron en el año 2011 con la canción “The Motto” del rapero canadiense Drake. Sobre esta nueva “filosofía”, “cultura”, “moda” o “nueva forma de vivir y pensar” (llámalo como quieras), no sólo se han escrito canciones, sino que también obras de teatro, novelas, canales de Youtube específicos, muy utilizada el mundo de los videojuegos y con mucha, mucha interacción en las redes sociales. ¿Estamos ante una nueva ola de hedonismo 4.0?

Y un ejemplo muy claro es lo que estamos viviendo día tras día, sobre todo los fines de semana, con las cientos de fiestas piratas que, desafiando al COVID19, pueblan la geografía española (y también mundial). Caiga quien caiga. Se trata de disfrutar.

Aquella famosa frase de James Dean se va a convertir en el tatuaje de moda: “vive rápido, muere joven, y deja un cadáver bonito“.

Hasta que la muerte nos separe

La semana pasada me fue imposible escribir. Una molesta conjuntivitis me mantuvo alejado de las pantallas durante tres días (que coincidió con el fin de semana, menos mal). Pero hoy ya recuperado, vuelvo a reflexionar sobre una noticia que leí ayer en el diario La Vanguardia que, por un lado me entristeció, pero por otro me llenó los ojos de lágrimas y emoción. Esta es la historia de Carla Sacchi y su marido Stéfano Bozzini.

47 años de matrimonio. Inseparables. Para lo bueno y para lo malo. Toda una vida de amor, penurias, alegrías, retos, fracasos… Juntos. Carla tenía cáncer. Tuvo que estar ingresada durante 10 días y, por el maldito virus del COVID, no se permitían las visitas de ningún familiar. Algo que Stéfano no pudo soportar. Cogió un taburete, su gorrito alpino, su mascarilla, su acordeón y se sentó delante del ventana de la habitación del hospital Castel San Giovani en Piacenza, en el que estaba ingresada su mujer, y le tocó una serenata. Spanish Eyes, de Engelbert Humperdinck, la canción preferida de Carla. Como si fuesen recién enamorados. Aún cuando escribo esto, se me llenan los ojos de “agüilla”. Todos salieron a ver qué estaba pasando. Todos disfrutaban embelesados de esa muestra de amor incondicional, atemporal, eterno… Carla se asomó y le lanzaba, con sus pocas fuerzas, besitos con la mano. Podéis ver el video aquí

Hasta que la muerte nos separe post de @JgAmago con imagen de @unsplash
Imagen de Gabby Orcutt en Unsplash

Carla salió del hospital. Se pudieron encontrar de nuevo estos dos enamorados del amor. De la vida. Hasta que la muerte nos separe.

Carla murió unas semanas después.

En esta vida, corta o larga, intensa o aburrida, triste o alegre, muy pocas veces decimos o compartimos muestras de amor hacia nuestros seres queridos. Ahora por el virus. No podemos. Antes por el ritmo frenético que llevamos. ¡Cuántos remordimientos nos asaltarán cuando la propia vida nos separe!

Descanse en paz, Carla. Stefano tiene ya preparado -por si acaso le pilla desprevenido- el taburete, el gorrito alpino y el acordeón para acompañarte eternamente con sus canciones, y su amor.

¿Cómo quieres recordar tu propia vida?

El otro día, haciendo un descando en el teletrabajo, me propuse aligerar el despacho de mi casa, de unos contenedores de fotografía viejos que tenía sobre las columnas de CD y DVD. Decidí tirar el contenedor, vaciar las fotos, y revivir uno a uno todos los recuerdos. ¡Uf, qué de momentos desempolvados! Fotografías en blanco y negro y color, reveladas en el laboratorio fotográfico Alhambra, el de toda la vida al lado de mi casa (y que aún se mantiene a flote). Algunas las digitalicé en el iPhone para ir compartiéndolas poco a poco en mi perfil de Instagram.

¿Cómo quieres recordar tu propia vida? Post de @JgAmago en #ReInventarse
Imagen de Roman Kraft en Unsplash

Ayer por la tarde, tras ver algunos capítulos de las series que sigo, revisé los post que tenía pendientes de leer de mi comunidad de WordPress, y leí el post “¿Son nuestros recuerdos más auténticos que los de nuestros padres y abuelos?“, escrito por Javier Alarcos en su estupendo blog. Tras su lectura, decidí hacerme la pregunta con la que acaba su artículo: ¿Cómo quieres recordar tu propia vida? ¡Menudo reto!

Todas esas fotos que rescaté del polvo y el olvido, me han ayudado a encontrar una respuesta: quiero recordar mi vida como una persona afortunada por las personas que me han acompañado. Y espero que así siga siendo. Quiero recordar mi vida como un ciudadano, como un hijo, como un hermano, tío, sobrino, amigo, compañero, novio y marido que fue/soy afortunado por l@s compañer@s de viaje. Con sus días de nubes, y sus muchos días más de claros.

Y en estos tiempos de incertidumbre, de cambio, de caos, de miedo, pero también de esperanza, deseo seguir construyendo mis recuerdos sobre la frase de Sócrates que dice:

“El secreto del cambio es enfocar toda tu energía, no en la lucha contra lo viejo, sino en la construcción de lo nuevo”

Sócrates

Ikigai

Tranquil@s. El PC no se ha vuelto loco ni he puesto por error algo encima del teclado que ha disparado estas letras sin sentido. No. Quizás para los occidentales esta suma de caracteres no tenga mucho sentido, pero para los japoneses es todo un leit-motiv. Ikigai significa “tener una razón para vivir”, “aquello que merece la pena” o “el motivo para vivir“.

Ikigay post de @JgAmago con imagen de Kristopher Roller vía Unplash
Imagen de Kristopher Roller vía Unsplash

Esta sabiduría japonesa proviene de la zona de Okinawa, que es un territorio que tiene una de las calidades de vida más alta del mundo. Sus habitantes viven más de 100 años con una buena salud y vida plena.

El objetivo de todo ser humano es encontrar su ikigai y vivirlo hasta el fin de sus días. Y ¿cómo encontrarlo? Pues los expertos en el tema dicen que hay que “explorar en las cosas que hacemos y que nos producen satisfacción, descubriendo aquello que más amamos, lo que más nos gusta hacer. Buscar nuestro ikigai es sentir la dicha de estar vivo para concretar tus sueños, si permanecemos atentos, cada día encontraremos diversos motivos para que nuestra existencia valga la pena”.

No me atrevería a afirmar cuál es mi ikigay, pero quizás sea el de disfrutar trabajando en el trabajo que me gusta trabajar. ¿Es esto un ikigai? Entonces, creo que lo he encontrado.