La Bola Negra

Hacía dos años que no íbamos al cine. Desde hace mucho tiempo, la experiencia casi religiosa de cada sábado, de ir a una sala de cine se acabó cuando el universo «foodie» entró a formar parte en las salas de proyecciones. El móvil ha tenido mucho la culpa, también. Pero sobre todo la comida. ¿Cuándo conseguirán que las patatas fritas y demás snacks vengan en envoltorios que no hagan ruido?

El caso es que, superada esa fobia de padecer la tortuosa experiencia de una sala de cine, en lugar de vivir la catártica comunión con la gran pantalla, fuimos a ver «La Bola Negra». Sobre todo por la insistencia de todas y todos los de mi alrededor insistiendo en que NO es una película para ver en el salón de tu casa. ¡Con lo a gusto que se ven las películas en el sofá, en pantalla de 60´´ y con una copa en la mano! Bueno, pues allá fuimos.

No voy a descubrir nada nuevo. Seguro que ya lo has leído todo. Es una obra inmensa, compleja, épica, majestuosa, emotiva, dura, tierna, poesía, mano de hierro, guante de seda. Es una historia coherente con los tiempos que estamos viviendo en los que la memoria histórica se aparca y no se le pone el valor que merece: derechos adquiridos a costa de la sangre de muchos.

«La Bola Negra» es larga, pero fluye con soltura entre esas tres historias que nos bambolean de tiempos no tan lejanos, entre una ficción llena de poesía, y deviene a una realidad tan cercana, que nos hace herida.

«La Bola Negra» es deseo, es amor, es odio. Es libertad, es jaula y es prisión. Es poesía y es música. Es arte y es guerra. Es construcción y es fuego desolador. Es piel y es sangre. Es dolor y es pasión.

«La Bola Negra» es cine. Es realidad. Es ficción. Es memoria. Es historia. Es pasado. Es futuro. Es presente. Es lo que quieras que sea. Es, como la vida misma.

«Ningún arte traspasa nuestra consciencia de la misma forma que lo hace el cine, tocando directamente nuestras emociones, profundizando en los oscuros habitáculo de nuestras almas» (Ingmar Bergman, 1918-2007)

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