No seamos indiferentes

Decía Máximo Gorki que “Cuando el trabajo es un placer la vida es bella. Pero cuando nos es impuesto la vida es una esclavitud”. En casi todos nuestros trabajos, hay un momento en el que nos sentimos, nos hacen sentirnos, esclavos de decisiones y personas que tienen menos capacidad de decisión, que un niño de tres años en el escaparate del Toys ´r´ Us en plena campaña de verano. Jefas y jefes dotados de poco carácter, nula capacitación, pésima formación… pero un profundo arraigo en el puesto del que allí no lo arrancas ni con sosa cáustica.

Pero al menos, cuando llega esa hora mágica de apagar los ordenadores, las máquinas, los cierres, de guardar las escobas o las pistolas, cada uno de nosotros volvemos a recuperar nuestra libertad, nuestra capacidad de decisión y raciocinio y hasta nuestra libertad.

Existen personas que ejercen un trabajo que va ligado directamente con la esclavitud como forma de sometimiento, de mantenimiento y de explotación, que conviven con normalidad e indiferencia en nuestro día a día. Y es triste, pero es de reclamo, que puntualmente se nos recuerde que, en pleno S. XXI existen mujeres que viven sometidas, apresadas, raptadas, cautivas, encarceladas y humilladas en jaulas de miseria para coronar de joyas horteras y coches de lujo a unos cientos de hombres y mujeres que han decidido vivir de las vidas de los otros porque las suyas son tan míseras y pobres que les da vergüenza reconocerlo. Estoy hablando de la trata de mujeres, de la prostitución forzada que vilipendia los derechos de las mujeres que están sometidas a esa terrible lacra y humillación.

Y digo que de vez en cuando nos lo recuerdan, porque paseamos a diario por las calles del centro de una gran ciudad como Madrid y no molesta, no chirría, no te hiere la vista ver a esas chicas enfundadas en la nada vendiendo su cuerpo al que lo quiera. Nos parece normal que esas samaritanas del amor –como cantó Perales– subidas a esos imposibles tacones se contoneen en los lap-dance o en los club de alternes mientras miran impávidas hacia la puerta en espera de la deseada redada que las saque de allí. Y sí que es cierto que hay muchas de esas mujeres, (y hombres y transexuales, también) que viven de eso porquelesdalagana, sin ningún tipo de complejos ni vergüenza, pero la mayoría de esas chicas jóvenes, extranjeras, tienen anclados sus tacones, sus medias y sus bragas a la terrible pata de la silla de un explotador malnacido que ostenta su poder con mano regia y látigo de hierro.

El pasado viernes, mi buena amiga Mabel Lozano, que sigue exhausta denunciando siempre que puede esa mierda de “vida”, ha alcanzado otra hazaña, otro sueño, ha conseguido derribar otro ladrillo en el muro de la indiferencia contra la trata de mujeres, al mover a medio Madrid y parte de Londres, para traer a España el proyecto JOURNEY, capitaneado por la actriz Emma Thompson. Journey es una exposición itinerante que te transporta con los cinco sentidos (y un sexto, que se produce cuando sales, que es el de la vergüenza) a la vida de Elena, una mujer que fue embaucada para ejercer la prostitución en Londres. Pues bien, el viernes no pude asistir a la inauguración, a la que vino la mismísima Emma Thompson, pero ayer fuimos, atravesando por la gélida bruma de la tarde en el Paseo de Carruajes del Retiro, a ver dicha exposición.

Paso a paso, contenedor a contenedor, te vas metiendo en la vida de Elena, desde que la convencen para iniciar una vida mejor fuera de su pueblo y su ambiente protector y humilde, para comenzar una nueva etapa en la gran ciudad. La exposición se articula en torno a los siete vagones que resumen los siete estados que cada una de estas mujeres experimentan en sus vidas semejantes: Esperanza, Viaje, Uniforme, Dormitorio, Cliente, Estigma y Resurrección. Este terrible viaje polisensorial de Journey te traslada al hogar de Elena, al momento en que la mujer la engaña, a cómo se lo dice a su padre, al ligero equipaje de salida, acómo podemos ser nosotros vestidas en su piel, a la terrible experiencia, horrorosa y vomitiva sensación de vivir en su habitación repleta de mierda, condones, hedor y miseria (sin lugar a dudas la parte de la exposición más dura y terrible), a la mirada desde fuera de cómo es el cliente y cómo se puede sentir si ellos fueran ellas, y quizás una de las cosas más impactantes: a como se ven ellas dentro del estigma de la prostitución, como se encuentran en ese vacío, en ese pozo negro, sin luz, sin sonidos, sin posibilidad de salida. Pero también podemos conocer como la capacidad humana de supervivencia llega a todas las personas y como han podido salir del agujero, no con dificultad (las malditas leyes, el maldito dinero, la maldita verdad) pero con la más pura honestidad de sentirse libres.

Salimos caminando hacia el metro, en silencio, con el nudo en la garganta y el hedor de esa habitación metido en el cerebro. El Retiro se encontraba medio vacío, la niebla seguía dificultando encontrar la salida a la Calle Menéndez Pelayo, y entonces, por un minuto, sentías esa sensación de estar solo, perdido, acobardado, frío, desubicado, temeroso… preso de un momento, una situación, un clima, un lugar, una historia.
Victor Hugo dijo que “el infierno está todo en esta palabra: soledad”. Y la soledad de estas mujeres, de estas esclavas, de estas madres condenadas al yugo de una vida sin decisión, es tan terrible, tan triste, que hay que encontrar algo más que palabras para decir basta ya.

Gracias, Mabel por tu lucha contra las desigualdades, y gracias por provocarnos este puñetazo en el estómago. Hay veces que solo sabemos reaccionar si nos joden, por un ratito, nuestra estupenda vida.
JOURNEY estará en España hasta el próximo martes 15. Más información: JOURNEY en Madrid
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