Agresión

El pasado viernes se celebró el Día Internacional contra la Violencia de Género. Un día que no debería existir, como muchos otros, porque está en el deseo no tener que celebrar efemérides por situaciones que conllevan a la muerte de personas. No deberíamos celebrar algo para reivindicar lo que falta. Pero por desgracia sí. Es necesario seguir recordándole a la sociedad, estas y otras situaciones en las que se veja, se mata a una persona por el mero hecho de imponer la fuerza, la actitud, el predominio, su voluntad, frente al derecho y la libertad del otro/a.

Una vez más, determinada clase política, la que se escuda en la «Casa del Pueblo» para hacer y deshacer a su gusto, impunes, ha demostrado, no sólo no estar a la altura, más bien corroborar que son dignos del más absoluto desprecio y rechazo por parte de todos.

Respeto las creencias políticas y religiosas que no comulgan con las mías. Me gustaría que el resto de la sociedad respetara las mías. No es así, por desgracia. Es intolerable que estos/as especímenes se precien de ser los «elegidos», para golpear sistemáticamente, los derechos y libertades por los que otros luchan/luchamos cada día.

La escritora Christine Mason Miller dijo:

«En cualquier momento tienes el poder de decir que no es así como terminará la historia»

A las personas que no queremos a esta gente «escondida» en unas instituciones que les sirven de trinchera, me gustaría convencerles que, por encima de la idea política, después de todo, es la historia de cada uno/a. Nosotros/Tú eres quien escribe cada renglón, pero también el que decide cuándo borrarlo. Nosotros/Tú eres quien tiene el poder de decidir cómo finaliza esta aventura. Es el momento de invitarles a salir de ella.

El 1%

¿Sabías que un 1% de la población tiene el 60% de la riqueza de todo el mundo? No conocía este dato, hasta que el pasado viernes, nos fijamos que, en la breve sinopsis de la segunda temporada de la maravillosa serie «The White Lotus» de HBOMax, aparecía esta referencia, y mi marido me lo explicó. Y parece ser que vivimos rodeados de este 1%. De políticos que dirigen el mundo. De ricos que manejan los hilos del planeta. De indeseables que desestabilizan el orden mundial. De terroristas que dinamitan las libertades. De fanáticos que remueven conciencias. Y en algunos casos, hay personas de este 1% que suman varios 1%. Un mundo en constante desigualdad.

Ayer sábado por la mañana, mientras desayunábamos, vimos en streaming en el canal de YouTube de la NBC el informativo con el gran Lester Holt, y el arranque no fue menos desalentador: un nuevo huracán azotó Florida y reventó parte de la costa. Aquí no había nadie de este 1%. Volver a empezar.

No nos damos cuenta, pero la naturaleza nos sigue avisando que su influencia, su poder es devastador, y que quizás este 1% tenga ya preparadas sus cápsulas en Marte, Plutón o el Metaverso, pero el 99% restante estamos bajo la influencia del clima y sus lamentos. Si el 1% de ese 1% se dedicara a sanar la herida del planeta, todos, el 100% estaríamos más saludables de bolsillo, pero también de vida.

Bailar Hasta Morir

Terminé esta semana de ver la miniserie documental dedicada a los acontecimientos vividos en el macrofestival Woodstock 99. La serie, que podemos ver en Netflix, y titulada «Fiasco Total: Woodstock 99» son 3 capítulos, uno por día de festival, que recoge lo vivido por todas las partes implicadas de lo que podría haber sido llamado como «EL» festival de festivales, y acabó siendo una tsunami de destrozos, vandalismo y despropósitos.

Lo que se esperaba de «tres días de paz, amor y música», acabó siendo un río de heces, violencia, abusos sexuales y confrontaciones, provocados por una organización que puso por delante los beneficios económicos al disfrute de los participantes, y que generó el caos y la destrucción, ante el hartazgo de los más de 250.000 personas que acudieron a disfrutar de música, paz y amor… ¡O por lo menos, de la música! La organización se encargó de regar con gasolina. La mecha la encendieron cientos de jóvenes, algunos abanderando una preocupante «masculinidad tóxica», que se sintieron estafados y engañados.

No voy a descubrir nada nuevo, diciendo aquello de que vivimos en una sociedad capitalista en la que el beneficio está por encima del bienestar de los otros, y las conclusiones que extraemos de este magno evento es que el beneficio desplazó a la experiencia del beneficiario, poniendo a éste -inversor de ese beneficio-, en las cloacas de la rentabilidad. La cuenta de resultados por delante del cliente y del empleado. Bailar hasta morir. ¿Cuándo estaremos en la posición de decir «no todo vale»?

A medida que veía la serie, me acordé de otro documental, sobre el fiasco del Festival FYRE que también podemos ver en Netflix, e intentaba darme explicación a por qué el empresario que organiza este tipo de eventos (y muchos empresarios en general), focalizan su mirada en el dolar, caiga quien caiga, importándoles una mierda la experiencia, el resultado, la reputación, la tranquilidad, la confianza, la convicción de que se ha hecho algo grande (o pequeño), pero bien.

En los últimos minutos del tercer capítulo de la serie, Heather, una de las asistentes al Woodstock 99, terminaba diciendo que, a pesar de todo, volvería porque fue una experiencia única. Mark Twain dijo que «es más fácil engañar a la gente, que convencerlos de que han sido engañados».

Decepción

Ayer escuché esta frase y me pareció genial: «No hay persona peor en la vida que un tonto/a motivado/a. Y si encima tiene poder, peor». Los presentes, sabíamos muy bien a qué político/a se estaban refiriendo y las risas se adueñaron del auditorio. Y es que es cierto, qué peligrosos/as son estas personas que no miden sus decisiones, teniendo el foco de los intereses generales, y se predisponen a gobernar, gestionar, proponer o promover, acciones, leyes que atentan directamente contra millones de personas, en beneficio de otras (que tienen todo el derecho del mundo a ser contempladas como las que ahora quieren derogar).

Vivimos en tensión y tensionados en lo político. Se generan conflictos y conflictúan a los ciudadanos/as tomando decisiones que miran hacia el lado opuesto al que deben mirar. No nos dicen la verdad. Sabemos (o no), quién está detrás moviendo los hilos. Desconocemos que intereses tienen. Pero les votamos porque deseamos que los «otros» no lleguen a gestionar, no lleguen a ser otros «tontos/as motivados/as» que aún seccionen más los derechos y libertades, en pro de aquellos que alimentan sus egos.

Estamos subidos a un tio-vivo de telerrealidad en el que nos abochorna lo que pasa, lo que dicen, lo que gesticulan, lo que insultan, lo que se mofan en la casa de la constitución, en la casa del pueblo y para el pueblo. Y jaleamos con banderas al color que pensamos que nos representa.

El desencanto provoca el caos. La incertidumbre. La apatía. El tedio. La sociedad acciona y reacciona desde la desilusión. La decepción anida en las calles, como buitre que otea el horizonte en busca de su alimento. Y ellos, ellas, esos tontos, tontas, motivados y motivadas, tienen siempre activados sus radares a la caza de una presa más.

A Ciegas

El pasado martes asistí como invitado, por primera vez, a una cena a ciegas. ¡Mira que las había organizado yo para empresas y compañeros/as de otras áreas, pero yo nunca había estado sentado en la mesa, compartiendo esta experiencia sensorial! El caso es que fue toda una sorpresa, porque estábamos citados para una cena de equipo de proyecto, sin más, y nos encontramos todos con el antifaz puesto antes de sentarnos a cenar.

Ya desde el primer momento la experiencia es inmersiva: antes de sumergirte en la oscuridad, la jefa de sala y el chef te cuentan qué va a pasar, y cómo lo van a gestionar. A continuación, te vendan los ojos en la puerta del comedor, para guiarte por el restaurante -primera sensación rara, moverte apoyado en el brazo del otro, confiando en su destreza-, para sentarte y explicarte la disposición de los platos, cubiertos, copas, etc. Una vez situados, comienza la cena, con las explicaciones pertinentes sobre la orientación, utilizando las horas del reloj para contarte cómo está la mesa y el plato presentado.

Yo tengo que decir que me agobié mucho… No estaba a gusto… Además que todos empezaron a hablar muy alto, a gritar, presa de la excitación y del miedo a tirar una copa, o a no pillar nada con los cubiertos y quedarse sin cenar… Fue una sensación extraña. Así que decidí pasar de mis compañeros de mesa, concentrarme en mi espacio, e ir probando a coger el salmón con verduras (estaba exquisito), la copa de vino sin tirarla, y el pan de la mejor forma posible. El resto seguían a grito pelado. ¡Prueba superada! Acabé toda la comida, me bebí el vino sin «liarla parda» y nos pudimos quitar el antifaz, antes de pasar al postre. De repente el volumen volvió a su nivel normal, todos nos tranquilizamos, y comenzó la revisión de quién había terminado el plato, quién no…

Poco a poco la gente se fue retirando, y yo me quedé con unos pocos tomando una copa y fumando un cigarro antes de coger el taxi regreso a casa. Al buscar las llaves en la mochila, me topé con el antifaz y volvió a mí la extraña sensación de hacía unas horas. ¡Qué afortunados somos!

Llevo casi 25 años trabajando con, por y para el colectivo de personas ciegas o con discapacidad visual, y está en mi día a día la interacción con su discapacidad, poniéndome en sus zapatos para generar y facilitar una relación entre pares. Desde fuera, claro. Porque cuando te pones en sus ojos, desde dentro, la situación es otra. Cambia. A pesar de ser temporal y planificada.

Saramago escribió: «… lo que se considera ceguera del destino, es en realidad miopía propia». Estamos cegados. Nos quejamos sin sentido. Sin sentidos, vivimos en una miopía profunda. Es el momento de quitarse el antifaz y ver con los ojos del que no puede ver. Entonces aprenderíamos a no vivir a ciegas.