Eran las 20:15 de la tarde y el pueblo se sumergió en un festival musical de campanas. Todas las iglesias tañían su coronas de metal anunciando la misa de 20:30. Son las fiestas patronales, y este primer viernes se ofrecía una misa solemne, la primera de las nueve que a esa hora, y durante los próximos días, se celebrarían en este lugar.
Los bancos casi estaban llenos. De fondo, una letanía de oraciones y respuestas de los feligreses que, todos a una, como un mantra, recitaban al unísono. Los monaguillos preparaban el altar, mientras que un importante número de sacerdotes accedían a la sacristía cruzando el altar mayor. Jarana espiritual, anticipo de la gran celebración.
El público seguía llenando la nave central. Principalmente gente mayor que, con dificultad, tras subir las empinadas escaleras que elevan la iglesia a lo más alto de la Plaza Mayor, buscaban un resuello en la bancada central. Arreglados/as, de «domingo», solos o en familia. Es el acontecimiento de la Fiesta Mayor. Nadie puede faltar.
Los jóvenes se incorporan más tarde. Muy arreglados, en grupitos y pandillas. Pero mucho menos numerosos. No se olvidan de sus móviles que, en la espera, iluminan sus rostros en la tenue penumbra del santo recinto. A alguno se les escapa el audio del último TikTok que están viendo, o de ese «reel» que acaba de colgar el influencer de moda.
Dos turistas, haciendo tiempo para ocupar su mesa en el restaurante de la plaza, deciden entrar y situarse en el último banco. Curiosidad. Hace calor en la nave. Estas iglesias tan antiguas no saben de la modernidad de la climatización, y los abanicos se despliegan y se mueven al son de la letanía. Y entonces… Un fogonazo se produce en el espacio que el cerebro tiene asignado a los recuerdos, y los labios de uno de los dos turistas, comienzan a moverse al son del rezo, de la oración, de la letanía. Se despiertan frases que ni se acordaba que había aprendido en sus años de monaguillo.
Esos diez minutos de espera, fueron recuerdos de aquellas misas de domingo vestido igual que los acólitos que se preparaban para llevar los cirios encendidos hasta el altar. Años que fueron un refugio de una espiritualidad que se esfumó en el momento en el que la niñez cruzó el río de la adolescencia. Pero el recuerdo sigue ahí. Imborrable.
Comienza la misa. Llegan dos personas muy mayores y los turistas les dejan sus sitios. Se ubican más hacia atrás, relegando esos recuerdos al más inmediato: tienen que irse al restaurante. Se oye el coro de monjas cantando el Salmo.
Minutos que recuerdan que el tiempo pasado, no saben si fue mejor, pero si muy diferente.
Marcel Proust dijo:
«El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos.» (Marcel Proust, 1871-1922)


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