Dulce Rutina

Como cada mañana, Asier se levanta a las 08:30 para desayunar con su familia: leche de soja, cereales liofilizados, espuma de yogur y zumo de naranjas orgánicas. Un capricho en forma de palmerita de chocolate de lecitina de soja, un beso de buenos días, y al Instituto. En el camino se topa con su amigo Jon, que camina de la mano de su novio Albert. Los tres tienen 19 años, es su primer día de estudios tras las vacaciones de mayo (ahora el calendario escolar se articula en tiempos diferentes a los de hace unos años), y sus mochilas van ligeras, tan solo llevan un iBook, un Notebook y una barrita de cereales hipocalórica equivalente a un bocadillo de tortilla. Ya no hay libros. Ya no hay tarteras ni bocadillos. No hacen falta. Al centro de enseñanza acuden caminando y se van encontrando con el resto de amigos que configuran la pandilla: Carla y Joan, Efraín, Mikel, Ainhoa y su nuevo ligue: Lara, una jovencita que conoció en la ciberteca del “insti” y con la que congenia de maravilla, y a la que su madre a aceptado sin rubor ni dramas.

A las 09:30, comienza la clase de Educación Para La Ciudadanía. El tema de hoy: la historia de los movimientos LGTB a lo largo de la historia contemporánea (ahora vivimos en la era futura), y las Asociaciones en defensa de los derechos para Gais, Lesbianas y Transexuales ya no existen. Son historia. Hoy todos están expectantes porque la profesora, Mara, les anunció que vendrían a visitarles un histórico de la lucha social para la igualdad de todas y todos. Es sorpresa. Los chicos barajan nombres como si de famosos de series de televisión se tratara: ¿será Pedro, Boti, Beatriz, Miguel Ángel, Carla, Silvia, Tony, Armand, Pablo…? Pues no. Su nombre es Iván, y comenzó como voluntario en una ONG de cooperación e integración de Gais, Lesbianas y Transexuales en Plasencia, hace muchos años. Era un anónimo más, pero su trabajo, su tesón, su energía, su lucha de muchos, muchos años, ha derribado barreras contra la diferencia, contra la desigualdad, por la tolerancia y la diversidad. Al principio los alumnos se quedan un poco chafados. A todos les hubiera gustado un “celebrity” de la causa, pero poco a poco Iván se sumerge en el mundo de la perdida inocencia de estos jóvenes y tras casi una hora de charla, de coloquio, de debate, incluso Marcos, un guapo y espabilado chico, le ha dejado el teléfono sin rubor, para continuar con la amigable charla.

Cuando Iván ha salido del centro educativo, ha sentido cierto escalofrío en el espinazo. De satisfacción…, pero también de sana envidia. Iván reflejó en sus retinas aquellas luchas por la igualdad, las macro manifestaciones desgañitándose por conseguir la equiparición de derechos, vivió el día de la aprobación del matrimonio, el día de la Ley para Transexuales, de la lucha contra la invisibilidad de las lesbianas. Sufrió en sus carnes escupitajos, insultos, patadas y alguna que otra ostia, de los fachas, de los que se hacían llamar “moderados liberales”, de la Iglesia y sus sotanas, de los que se manifestaban en contra de la familia plural y en defensa de sus valores egoístas y retrógrados. Recuerda la lucha contra el VIH en el repunte, que a finales del 2009, amenazó de nuevo ante una pandemia del SIDA. Pero también rememora (y se le eriza el vello de tan solo pensarlo), cuando un científico por fin anunció la vacuna contra el VIH, su comercialización por una farmacéutica (a un precio lógico y accesible) y el fin de muchas penas.

Camino del metro, mira en las pantallas de la Universidad las últimas noticias: la cadena oficial de Televisión, rememora hoy hace 25 años: 26 de marzo de 2009: Seis homosexuales han sido asesinados en Irak en los últimos 10 Días. Se estremece. No mira hacia atrás. Continúa caminando mientras el acceso al metro le pide plasme su huella digital sobre el torniquete de entrada. Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor. No lo creo. La semilla sembrada por tantos miles, millones de mujeres y hombres públicos y anónimos, ha florecido en una sociedad más justa, más lógica, más humana. La semilla: la educación. El fruto, el que todos queremos recoger: lo que dijo Confucio ya hace 3.000 años:

“Dónde hay educación, no hay distinción de clases”.

*4 de julio, Manifestación del Orgullo. Este año, el lema: ESCUELA SIN ARMARIOS.

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