Inés y la Alegría

Acabo de terminar la nueva novela de Almudena Grandes, “Inés y la Alegría”, y –una vez más- tengo que reconocer (y es mi opinión personal) que hay muy pocos escritores en España o Latinoamérica que escriba como esta mujer. Si con su anterior libro, “El Corazón Helado” tuvimos que postrarnos para reconocer una obra maestra, con este primer volumen de los seis que nos anuncia sobre la Guerra Civil Española y sus efectos, sinceramente, ha vuelto a poner el listón tan alto, ha sido un placer tan enorme leer este libro, que ya estoy deseando ver la segunda entrega en las estanterías de las principales librerías.

Me compré el libro el 4 de septiembre en el Aeropuerto de Barajas, una hora antes de coger un vuelo a NYC. Un mes mas tarde, y tras recorrer el libro miles de kilómetros en tres países y dos continentes, Inés, Galán, y toda la tropa de milicianos, mujeres, aventureros, hombres y mujeres de esa España dividida por culpa del color de la sangre, han dejado un poso enorme en mi corazón, en mi biblioteca, en mi casa.

Pero es curioso que esta novela ahora se hace más vital, más contemporánea porque muy pocas veces nuestra memoria histórica, esa que es capaz de olvidar y enterrar a miles de personas que murieron por defender un color y una bandera, vuelve a estar tan cerca de la poca sangre y la escasa película que tienen en sus retinas algunos de nuestros políticos. ¡¡Y son siempre los mismos!!

El PP ha vuelto a desenmascarar el miedo y el odio a los inmigrantes, y especialmente ensañados desde el PP de Cataluña (ese corpúsculo, ese forúnculo lleno de pus y odio que capitanea esa mujer de boca torcida y lengua bífida, enferma, venenosa…), agitando con eficiente meneo, las conciencias de aquellos simples que han erigido un odio dirigido e interesado hacia esos cientos de miles de inmigrantes que han hecho de España su segunda nación y su primera casa. ¡Aquí no cabemos todos!, dicen llenándoseles la boca de orgullo patrio. Y al resto de acólitos que buscan desde hace ocho años aposentar sus pantalones de Grisby en el poder, aclaman desde sus troneras patrocinadas su verdad absoluta de que se pierde la sangre, se diluyen las raíces entre tanto moro, negro, sudaca o rumano.

No voy a negar que la política de inmigración ha sido un auténtico cachondeo y que se debería de haber regulado mejor ese potente flujo de extranjeros que han venido a España a vivir, a trabajar, a prosperar… y también a robar, a delinquir y a crear mala reputación entre los que venían a labrarse un futuro mejor para ellos y sus familias, pero no debemos olvidar que un porcentaje muy alto de esas mujeres y esos hombres, han ocupado los trabajos que el resto de españolitos, dignos y crecidos en una burbuja que se ha caído y en la que TODOS hemos resbalado en su jabón viscoso y sucio, ahora reclamamos como nuestros, olvidando –una vez más- esa memoria histórica de un pasado muy reciente. Ahora muchos piden una segunda expulsión morisca, una nueva Inquisición contra el hereje de sangre diferente. Y es que ¿tampoco nos cuesta recordar que nosotros fuimos hace 40 años invasores de una Europa que nos temía y que nos catalogaba de muertos de hambre, de pobres, de apestados? ¿Por qué somos tan olvidadizos? Porque hay que recordar que algunos abuelos de mi generación, incluso padres de otra no tan lejana, salieron con una mano delante y otra detrás a buscarse la vida, a trabajar “como negros”, a dejarse la piel y la vida mientras lloraban sus familias, sus hijos, las raíces, la comida, el vino, los amores, las ilusiones, las calles, los aromas, los paisajes, el idioma, las canciones, en busca de una segunda nación, de una nueva casa que fue, entonces, la primera.

Debe ser que estos señoritos y señoritas de derechas, tan apocados, tan españoles, tan patriotas, nunca han tenido que emigrar y sentirse extraños, marcianos en un mundo hostil, y dejarse el sueño, la piel y el pelo sacando adelante sus vidas para tirar del carro de otras. Todas estas personas que vapulean a los inmigrantes: ¿qué van a hacer cuando ganen sus políticos y cumplan sus promesas con esas mujeres y hombres que configuran sus servicios domésticos, sus chóferes, sus chachas, sus nanis, sus sirvientes? ¡¡Vaya doble y falsa moralidad!!

Tengo presente que a esos extranjeros, que se han apalancado en nuestro país imponiendo el miedo, la delincuencia, el abuso, el trapicheo, la explotación, tienen que ser lanzados a la estratosfera, o en un patera en mitad del océano y quitarles el motor para que se hundan en la marea que ellos se han ensañado en revolver, pero el resto de personas que lucha, consigue papeles, trabaja, se integra, convive y vive honestamente, son tan españoles como aquellos que salieron en un tren “borreguero” hacia Francia o Alemania, o en barcos hacinados hasta Argentina, USA o Canadá, sintiéndose español sin olvidarse nunca del olor del mar, del color de los naranjos, del aroma del marisco o del sabor de jamón en una tapa en un bar.

“Inés y la Alegría” nos cuenta la historia de cientos de esos hombre que lucharon por un país, por una ideología, por un color y una bandera distinta y que, acorralados, pisoteados por creer en una ideología diferente, se tuvieron que ir a Francia, Rusia, Checoslovaquia, a seguir soñando con una España tomada y en la que no todos cabían porque unos cuantos se empeñaron en que no todos eran los mismos españoles. Inés, Galán, Montse, Laura, Comprendes, El Pasiego, fueron extraños en un paraíso que tuvieron la suerte de crear muy cerca, en Toulousse, donde aún les llegaba el aroma del pan tumaca o del vino de la Rioja, pero que les impedía volver a la realidad de sus ciudades porque el muro de la intolerancia, del miedo irracional, les separaba de lo que querían: vivir en España.

Muchos de nuestros inmigrantes están aquí porque ese muro y ese miedo se ha convertido en hambre, que es la peor de las miserias, otros por diferencias políticas, otros por el efecto llamada de una tierra próspera, algunos por soñar con ser algo o alguien en esta puñetera vida que tanto cuesta mantener. Muchos de estos inmigrantes de hoy fueron los españolitos del ayer.

“La historia inmortal hace cosas raras cuando se cruza con el amor de los cuerpos mortales” insiste, repite, martillea Almudena Grandes. Hagamos del amor algo inmortal y dejemos que todos puedan vivir sus cuerpos mortales allí donde quieran establecer su propia historia.

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