Un pequeño Dios

Es una palabra recurrente. Últimamente la oigo, la leo, la veo en todo lo que me rodea. La verdad es que en parte me siento “protagonista” de su moda porque ya en el 2005 aposté por ella como título para mi ensayo, para mi blog. REINVENTARSE”. Está de moda. Hoy en la magnífica entrevista para El País Semanal que Luz Sánchez Mellado realiza a la escritora Rosa Montero, encabeza los titulares. El libro de Mario Alonso Puig titulado de la misma manera es uno de los más vendidos. En Japón, tras la terrible catástrofe natural comentan que, igual que el País del Sol Naciente emergió de sus cenizas tras las bombas atómicas en la II Guerra Mundial, el tsunami del viernes no sumergirá para siempre el espíritu indomable y trabajador de la que fue la segunda potencia del mundo. Es cuestión de tiempo.

ReInventarse (me gusta escribirla así, aunque el corrector de Word la marque como errónea). Hay que mudarse la piel. No vale cambiarse la camisa, maquillarse con mejor o peor acierto y camuflarse sin alterar los valores, la actitud, el pensamiento. Va mucho más allá de una simple operación de estética, de un retoque suave y un lavado de cara. Es interior. Ahora bien, ¿es necesario que el paso para reinventarse surja tras una hecatombe personal, profesional, laboral, ética o moral?

Es bueno crearse de nuevo. Empezar de un tres o un cuatro en lugar de cero para poco a poco ir superando nuestro aprobado vital e ir escalando puestos en los valores llegando al “bien”, o al “notable” o al “sobresaliente”, y siempre bajo la premisa del “progresa adecuadamente” con el único fin de no volver a cimentar sobre columnas de barro, sobre andamiajes de miel y hiel.

Y este proceso de reinvención, ¿podemos hacerlo solos o necesitamos caminar de la mano de alguien? Yo no creo en las travesías del desierto sin tener cerca el resuello de una mano amiga. Me gusta marcar una meta en la que la senda a recorrer pueda ir guiada bajo la orientación de la brújula humana de mi familia, o de mis amigos, o de mi pareja… Somos animales sociales. Tenemos que vivir y convivir con los demás, no de los demás.

Todos, pues, tenemos que arrimar el hombro y reinventar este caos de crisis, esta hecatombe moral, política, económica y social que estamos viviendo. Y tenemos que mirar al modelo más cercano de supervivencia para saber que sí, es posible, que podemos… Y todo tenemos ejemplos cercanos que ante la adversidad dijeron ¡basta!, y supieron hacer de sus cenizas un cigarro y fumarse, a su salud, las penas pasadas. Es cuestión de tiempo.

Y tenemos que olvidarnos de las promesas de aquellos que nos gobiernan, porque tan solo quieren sobrevivir, que es diferente a vivir. Nuestro país está perdido, desorientado, temeroso ante el futuro. Regido por un gobierno que juega como unos niños en un cumpleaños que buscan, con la venda en los ojos, a ver si atizan la piñata de la suerte y, con uno de sus golpes, comienza a fluir las chucherías, el maná que nos saque de esta época de sombras. Y la oposición no ayuda, asfixia. Se dedica a mover el árbol del que cuelga esa piñata ficticia. La quiere para él. No quiere reinventarse, quiere saltar al lodo para después darse una ducha caliente de fervor popular con la que empezar a aplicar esas medidas que tanto miedo tiene en explicar.

Y tampoco ayudan los bancos, que reciben pero no dan; ni las empresas, que no arriesgan porque temen enmarañarse en la tela de araña que ha tupido la desconfianza; ni las comunidades autónomas que ahora solo piensan en elecciones y en renovarse el sustento para otros cuatro años; ni los ayuntamientos que se llenaron las sacas con lo que nos ha llevado al caos, la construcción desmedida, y que ahora deja las arcas tan vacías como esos esqueletos de urbanizaciones que florecen por toda la geografía. ¿Por qué no dejamos de pensar en acciones de cara al BOE y empezamos reinventar nuestra economía, como Alemania, y producimos, desarrollamos, creamos, inventamos, desarrollamos, generamos talento, en lugar de financiar la obra pública y crear más funcionarios?

Rosa Montero explica que, para reinventarse, ha creado un mundo propio para su nueva novela y allí moverse como pez en el agua sin miedo a los tiburones. Que para salir del pozo de la pérdida de su pareja, buceaba en este mundo ficticio y feliz para sentirse un “pequeño dios”. Su castillo imaginario lo vomitó, lo reflejó en un papel para pasar de una idea a la realidad.

Está bien crear castillos en el aire pero, como dijo George Bernard Shaw: “Si has construido un castillo en el aire, no has perdido el tiempo, es allí donde debería estar. Ahora debes construir los cimientos debajo de él”.

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