Anoche vimos la película «María» un biopic muy personal dirigido por Pablo Larraín sobre María Callas, la Divina. He de admitir, que no me apetecía mucho verla, pero al final accedí. ¡Y fue toda una sorpresa!
La película me enganchó por la mirada que el director hace desde la «decadencia» a la que el reloj biológico nos somete al llegar a nuestro fin de etapa, y por el tratamiento de dos personajes secundarios maravillosos, que dejaron huella en la vida de la diva: Bruna y Fiorucci, su sirvienta y su mayordomo.
Pero cuando veo o leo estas revisiones de las biografías de personajes célebres que lo fueron todo, y que finalmente acaban sus videos suicidándose, víctimas de sus adicciones y tristezas, algo me descoloca.
Cierto que «los ricos también lloran» pero, ¿No tienen los recursos para «llorar» mejor? ¿No disponen de herramientas que les liberen de sus yugos personales?
La Callas camina por París, la ciudad que la acogió hasta su muerte, en un otoño frío, lluvioso, con paso lento y firme sobre miles de hojas caídas. Es el viaje hacia su propio invierno.
«Primero perdí mi voz, luego perdí mi figura, después perdí a Onassis»
María Callas (1923-1977)


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