Ayer vinieron a casa a cenar, amigas y compañeras de trabajo y la conversación generó sobre esa línea divisoria, a veces imperceptible, sobre lo social y lo económico. Cómo conjugar los verbos ganar y ayudar desde el prisma de las personas y su impacto en la sociedad.
Algunas defendían, por ejemplo, que determinados cargos deberían ser «voluntarios», sin remuneración, lo que afianza más el sentimiento de solidaridad, de trabajar por una causa en la que crees y para la que estás preparado/a, sin el retorno pecuniario de «tener un sueldo». Otras/os defendíamos que la profesionalidad, la causa, la entrega, dedicación y pasión por ese objetivo social (y empresarial), debe de tener una recompensa.
En lo que sí coincidíamos es en la importancia de la vocación. Trabajar por y para las personas de un colectivo en riesgo de exclusión tiene el valor añadido del compromiso: nada para las personas, sin las personas, y que -a veces, es fundamental promover, provocar esa inmersión en la causa (discapacidad, personas migrantes, diversidad sexual, pacientes o personas racializadas, por ejemplo), para que las urgencias, las situaciones, las casuísticas de la propia exclusión, se impregnen, se conozcan, se vivan y tú seas uno/a más.
El Dalai Lama dijo:
«Casi todas las cosas buenas que pasan en el mundo, nacen de una actitud de aprecio hacia los demás».
Dalai Lama (1935 – Actualidad)


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