El Brutalista

Sus arquitectos, fueron definidos como «fríos, sin alma»… Nada más lejos de la realidad.

Laszlo Toth (magnífica interpretación de Adrian Brody), es una persona rota, destruida, cansada, incomprendida. Un genio -como muchos, que navega entre la obcecación de su talento y el devenir de una existencia convulsa, perseguida, quebrada. Y por ello su arte, no puede dejar de ser, eso: brutal, gigantesco, tosco, perfeccionista, incomprendido, magnífico, rudo y -a la vez, emocionante.

Su entorno no lo es menos. Una Europa en reconstrucción tras la II Guerra Mundial. Una América receptora de millones de migrantes en busca de una vida mejor. Una sociedad que rechaza a los negros (la escena en la que el millonario entra en su mansión es tremenda) y mira desde el escaparate, la ficción de los que tienen que empezar a escribir el nuevo guion de su existencia.

El dinero manda. Los migrantes sobreviven. Pocos ricos, muchos pobres (la miseria persigue a Laszlo, a su fiel compañero Gordon y a su hijo). El talento se aprovecha y se desaprovecha. Y si se puede, se violenta (las escenas del acto final en las canteras de Carrara, – a pesar de la crudeza, son impresionantes).

Al final, todo queda en la memoria, en el papel, en los paneles de una exposición, en las diapositivas de un proyector, en la retina de los que viajamos y contemplamos, con sorpresa y admiración, su obra.

En un momento de la película, Laszlo dice:

“We are nothing. We are worse than nothing.”

The Brutalist (2024)

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