Ayer, de regreso a casa tras acercarnos a la Feria del Libro de Madrid, conecté con la conversación que mantenía un joven con una amiga por teléfono. Como ahora todos llevamos auriculares para conversar, o los más impresentables, ponen el auricular en abierto para que todas y todos escuchemos sus llamadas, pues la discreción brilla por su ausencia.
La conversación giraba entorno a la duda que este chico le planteaba a su interlocutora: hacía tres meses que lo había dejado con una chica, y ahora empezaba a tontear con otra. Nada extraño ni fuera de lo común. ¡Pero ahora viene lo mejor!
De repente el chico le dice a la amiga que estaba al teléfono: ¡Tia, estoy hecho un lío así que, como no me podía dormir, le pregunté a Chat GPT si debía continuar o no con esta chica o que fuera un rollo más! Claro, ahí fue donde me explotó la cabeza. ¡¡Le preguntó a una IA sobre su vida amorosa!! Pues, así fue. No pude seguir con la oreja en la actividad conversacional porque nuestro paso era más ágil que el del chico y teníamos prisa por llegar a casa.
Leo este reportaje en Atresmedia que el 30% de los jóvenes acuden a chatbots para preguntar sobre su vida amorosa y sentimental. Y ¿por qué pasa esto? Pues una de las explicaciones es que valoran especialmente que la IA no emite juicios ni críticas sobre sus problemas, creando un espacio donde pueden expresarse libremente.
El artículo concluye con algo evidente: nos invita a reflexionar sobre las necesidades emocionales no cubiertas de nuestros jóvenes y sobre la importancia de estar presentes—realmente presentes— en sus vidas digitales y analógicas.
Ahora bien, ¿tienen sus progenitores tiempo?




