Anoche nos invitó María a cenar a su casa para hablar de la novela que le ha llevado escribir 15 años de su vida. Una novela extensa (más de 800 páginas), y que mi marido tuvo la deferencia de leerse para darle su opinión como ávido lector y profesor de literatura. Fueron 5 horas maravillosas. Nos acompañó Fernando, un amigo de María que nos presentó y que la ha acompañado en este proceso de creación de personajes, sus psicologías, tramas y escrituras.
Acabamos hablando de muchas cosas más, y terminábamos la velada hablando de esa necesidad que tenemos de salir de la «jaula», de nuestras confortables celdas, para ir al campo o al mar, y mirar sin mirar. Poner la vista al frente y despejar la visión sin otra pretensión que salir de las pantallas azules para ver el verdadero azul del cielo o del océano.
La ciudad nos atrapa. Nos engulle en un bocado de ruidos, asfalto, humo y sabores sin sabor. Somos chefs de un menú rápido, efímero, que -en la mayoría de las ocasiones, cocinamos sin tiempo para que las salsas reposen el tiempo que requieren.
El aire libre, el campo, la mar, el pinar, la arboleda, el monte, las montañas, nos liberan de ese tiempo de cocción y nos permite alimentarnos de un menú tan sencillo -y preciado, como es un primero, un segundo y un postre llamado TIEMPO.
Tiempo para mi. Para ti. Para todos.
Nuestro día a día es un fast food pensado y concebido por otros. El ketchup o la mostaza, ya la pones tú.
Thomas Keller dijo:
«Una receta no tiene alma. Es el cocinero quien debe darle alma a la comida». (Thomas Keller, 1955)




